Reseñas en medios

Reseña en Frutos del tiempo
(23 de enero de 2016)


Leves alas al vuelo de Rafael González Serrano por José Luis Zerón Huguet

La figura de Rafael González Serrano supone desde hace años un saludable ejemplo de generosa dedicación a la poesía al margen de los circuitos oficiales, como editor al frente de la editorial Celesta, como bloguero (su blog De turbio en claro está dedicado exclusivamente a la poesía) y como poeta y traductor. Leves alas al vuelo es el sexto poemario publicado por Rafael González, precisamente en la elegante editorial Celesta. Es un libro de carácter híbrido en el que conviven el poema, el aforismo y el fragmento en prosa, pero no incurre en la incoherencia o en la dispersión. Muy al contrario, es un conjunto conexo cimentado en la brevedad, el virtuosismo formal, el lenguaje plástico y la voluntad analítica. El discurso breve no naufraga en un minimalismo descarnado, ni en una sobriedad abrupta, ni es un esencialismo espurio. En este libro no hay lugar para lo superfluo, pero si para la belleza, que se presenta en fogonazos esplendentes que iluminan el mapa reflexivo. En la fugacidad se instaura la belleza, escribe el autor. A esto hay que añadir una precisión en el lenguaje que convierte en aparentemente sencillo lo más complejo.
El contenido del libro está sintetizado en la aliterada sutileza de las cuatro palabras que conforman el título: levedad formal y búsqueda, indagación y revelación a través de un vuelo metafórico que se alcanza con la precisión del esfuerzo, la fuerza de la elocución y la insobornable voz lírica.
Leves alas al vuelo se compone de cuatro epígrafes que llevan por título Breverías, Duinos, Aladas y Aporismos. Son cuatro partes aparentemente distintas, pero, como decía, conectadas por el código de extrema sencillez y exactitud y la íntima alianza entre reflexión y lirismo presente cada una de las páginas de este volumen.
En el primero encontramos un conjunto de poemitas a modo de haikus, pero como bien apunta el autor no entrarían estricto sensu en esta categoría, pues su temática es plural y no exclusivamente referida a la naturaleza. Aquí encontramos deliciosas pinceladas aforísticas que abarcan el detalle nimio y humilde que nace de un buceo en la raíz del acontecer (Cae la lluvia,/todo semeja ser gris./ Es el otoño. O La luna baña/ un cortejo de sombras;/luego se marcha), la elegía personal (Los días sufren/ de sus noches resacas/ de amor concluso. o Una rosa de/olvido se marchita/ en tu memoria), la peripecia reflexiva de corte pesimista (Llegar tarde a/ la cita con la muerte:/ ardid inútil. O De las armas de/ metal resta sólo su/mellado filo), la urdimbre humanizadora del amor (Nos fundimos en/ un tiempo transversal: yo,/tú, el abrazo. O La incógnita de/ tu ecuación se resuelve/ en tus caderas), el vuelo lírico que admira lo vivo (La luciérnaga/luce entre las estrellas./ Su luz contemplo. O Las flores sueñan/con mundos renacidos/ en primavera) y la pirueta paradojal (en la tormenta/ se funda la fuerza que/ trae la calma. O En un segundo/ se condensan cristales/ de eternidades).
El segundo epígrafe lleva un título que nos remite a las célebres elegías de Rilke por su carácter elegíaco. Siguiendo con la brevedad, los Duinos son poemas de dos versos isosilábicos que no entrarían en la definición típica de lo que es un pareado o un dístico y tienen mucho en común con el epígrafe anterior por el contenido aforístico, un tono pesimista y un sistema de símbolos relacionados con la soledad, la pérdida, el dolor y la consumición, pero sin llegar a la desgarradura ni al grito desesperado, pues en oposición a este panorama sombrío se alza en todo el libro un deseo ferviente de vida, y muchos de los símbolos de muerte y destrucción, como el fuego, tan basal en la obra de Rafael González, también representan la regeneración, la esperanza y la vitalidad Todo fluye en estos versos sin estridencias ni altibajos, con una delicada belleza no exenta de rotundidad y una inusual armonía.
Las aladas que conforman el tercer epígrafe, son quince composiciones de versos cortos y rítmicos que se diferencian de los textos reunidos en las demás secciones, sobre todo porque destilan una emoción menos concentrada, una mayor tensión metafórica y una expresión más sensual. El contenido resulta en ocasiones críptico No obstante son poemas de una belleza convulsa que surgen de una derrota del aliento/sobre un cristal/ de espejismos, y una epifanía/de secretos/, una celebración/ en el límite.
Por último, la sección que cierra el libro titulada aporismos, acoge textos en prosa a modo de máximas. Como indica el título, están cercanos a la paradoja, a la contradicción, a la dificultad lógica, y expresan un combate entre elementos contrarios, por ejemplo leemos en una máxima: En cualquier lucha que iniciemos, por el hecho de participar en ella, somos perdedores de antemano. Y a continuación: solo quien anhela vence aún en la derrota. En suma, hay un sustento reflexivo que no renuncia al lenguaje lírico. Aquí el discurso es tan especulativo como explícito, tan contundente y sentencioso como elíptico. Y también es más denso.
Leves alas al vuelo es un libro bello, rico, complejo y valiente. Hay en sus páginas un conflicto continuo entre el chispazo azaroso o intuitivo y la reflexión sobre el deseo, la identidad, la incertidumbre, el temor, el amor con sus maravillas y desastres, el paso del tiempo, en suma, la vida y la muerte; pero el autor no se erige en portavoz del dolor y la desolación y solo traza con nitidez una forma de entender el mundo cercana al estoicismo desde formas estilizadas que no renuncian a la plenitud y el misterio (si se abre bien los ojos en la noche se nos revelará lo que mil soles no pueden mostrarnos), porque La brevedad/ intenta rescatar/ lo inevitable
José Luis Zerón Huguet


Reseña en LA GALLA CIENCIA

FRAGMENTOS DE LA LLAMA  de RAFAEL GONZÁLEZ
por AMPARO ARRÓSPIDE

(7 de septiembre de 2015)


Hay poemas para ser leídos en voz baja, como quien en un pozo de aguas prístinas se interroga a sí mismo en su imagen reflejada, buscando, y hay poemas, por tanto, que conllevan una reflexión sobre sí mismos, que son una continuada auto-reflexión del acontecer mismo de sus líneas sobre la página, ceniza de una fogata, de una conflagración. Así los de Fragmentos de la llama, la llama de la vida, la memoria del poema y del poeta. Son estos muy conscientes de su naturaleza efímera, fruto de la devastación de una experiencia vital -pero también de su nacimiento, clímax y decadencia- amorosa y testimonio del explorarse del lenguaje.
Otras  huellas de la inter e intra-textualidad se multiplican desde el inicio, al anunciarse por ejemplo Fragmentos de la llama como un manuscrito hallado, de autor anónimo, sin referencia específica a lugar o tiempo salvo en su última sección o carpeta, “Fragmento (¿Epílogo?)”, que contiene un único poema fragmentos de un discurso abierto.  A partir de este eslabón  se reanuda la lectura circular, donde al acabamiento de “Memoria clausurada” -- la primera sección-  le sucede una ceremonia nupcial entre autor y lector, implicado este en la experiencia que se revive a la distancia de un eclipsarse los elementos crudos de la memoria. Por otra parte, al entrar el lector en el juego del manuscrito hallado, se otorga realidad a ambos autores, a tal punto que podremos descreer del autor explícito-editor al asegurarnos que ha respetado escrupulosamente el material literario hallado.
Las cinco secciones de Fragmentos… fueron supuestamente tituladas por el autor explícito y comprenden respectivamente ocho, nueve, diez, nueve y nueve poemas.  Añadido a ellas, y extraño al resto, el  “Fragmento (¿Epílogo?)”.
“Memoria clausurada” -primera sección- comienza declarando el final, que la vivencia yacerá en el olvido, los poemas son cenizas de pasos que se borran aunque hayan desfilado (y para el lector explicito, vayan a desfilar) en un ámbito de siglos paralelos, un dominio sin sonidos. Se dice adiós, se ha dicho adiós, un adiós de clausura, porque ya no habrá besos sobre las piedras. Son así los poemas un cementerio de tactos rígidos donde se pudre el cadáver de un beso y la chatarra de las caricias se oxida. Todo es un muladar de sexo muerto y también de amor suicida.  Como si al manifestarse en texto parte del discurso pre-verbal que lo suscita, la experiencia erótica concluyera por segunda vez y definitivamente. Una y otra vez se nos presenta en esta sección un paisaje de decadencia, de muerte del abrazo en cuanto rito erótico, en una auto-reflexión elegíaca. Pero con el óbolo en la lengua se interna el autor en el  Aqueronte de nieblas. A vivir otras vidas, tras beber de las aguas del olvido.


En la segunda sección, “Distancia sobre el eclipse”, del texto surge un destinatario, un tú a quien se advierte que estamos ante las fantasías de un loco sin memoria,  autor de una  carta inexistente que/ni siquiera se sabe a quién se escribe.  El yo lírico se sabe fingidor, el poema se sabe mensaje tendido sobre la distancia hacia otros náufragos de sí mismos y canta lo perdido como si no habitara ya una galaxia remota. El tú ambiguo se perfila en “Ausencia” como el de la amada, una sombra más que se persigue, que se ha eclipsado y cuya ausencia se abraza. Con plena conciencia del vacío y del empeño inútil del recuerdo, se evocará y volverá a celebrarse la pasión, la fugaz fusión de los volcánicos amantes. Si cabe referirse a un discurso pre-verbal que es la estructura profunda inobservable y a un texto o mensaje que es la estructura superficial observable, y una solamente de las infinitas actualizaciones de este, se inicia aquí para los lectores el despliegue de la vivencia erótica manifiesta.
Como anunció el poema del “¿Epílogo?”, entre las evocaciones del rito amoroso  hay áreas de descanso para la contemplación del mundo ajeno a los amantes – un cerezo con sus brazos alzados que mira con sus hojas o un patio donde la luz juega con los visillos o  la constatación de la ausencia encarnada en unas sillas vacías…
Si en la lectura nos acompañase Harold Bloom,  destacaría  el modo en que en el juego de máscaras y simulaciones el autor apócrifo se enfrenta a sus precursores literarios -a sus influencias- o los asimila desviándose de ellos o complementándolos en la masa verbal o integrándolos en las atropías de sintagmas. Así se percibe en las secciones siguientes “Mesetas (Tras las laderas)”, “Fuegos (Ara y cima)”, y “Ojos del asombro”, que componen un despliegue de recursos en la mejor tradición de la lírica erótica clásica,  desde Petrarca, Boscán, Góngora, Quevedo y Lope hasta Salinas y otros contemporáneos. Metáfora, metonimia, hipérbaton, disyunción, paronomasia, aliteraciones, oxímoron, antítesis, paralelismos, entre otros, sabiamente utilizados y sustentando el movimiento irracional del eros.

[1] fragmentos de un discurso abierto,/un discurso semiótico/fracturado/mestizado de estilos/de las impurezas/en las oraciones bastardas- (p.79)
[2] he decidido darlos a la imprenta organizados tal y como sigue en varias secciones. Aparte del título de cada una, sólo he introducido algún pequeño cambio en el orden de los poemas; o realizado la corrección de alguna errata evidente. Lo demás, es obra del autor.

Amparo Arróspide

Reseña en Frutos del tiempo 

Ars Fragminis, de José María Piñeiro, por Javier Puig
(24 de febrero de 2015)

Ars fragminis2Piñeiro 
A los seguidores de su blog Empireuma :micropoësie, José María Piñeiro ya nos tiene acostumbrados a sus excelentes destellos literarios o fotográficos. Se percibe en él una actitud de artista expectante de sí mismo, de paciente cazador de valiosos momentos que transforma en inusitadas imágenes de la cotidianidad o en penetrantes textos que siempre aportan una luz propia.
Hace dos años, en su poemario Profano demiurgo, y ahora, con su colección de aforismos o textos breves – o fragmentos, como también le gusta llamarlos- Ars Fragminis disponemos de una nueva oportunidad de apreciar más detenidamente su obra, más allá de la inmediatez, pero también de la rápida disolución, de las páginas digitales.
En este libro, José María Piñeiro demuestra su maestría para captar, para acotar y resolver expresivamente ideas que devienen entre lo poético y lo ensayístico. El aforismo, surgido independiente o bien extraído de desarrollos literarios más amplios, es otra forma, más concisa, pero no más limitada, de convocar las veladas evidencias. Y lo hace desde su contención, que es la de la palabra, de su pronto significado, pero no la de su persistente sugerencia. Un buen aforismo deja una vibración duradera en la mente del que lo lee, reclama un pequeño espacio abierto a lo inaudito. Lo que pretende es atrapar, aislar la visión concreta, lúcida, reconocer los sesgos claros de la complejidad que nos rodea.
Leer aforismos no es tan fácil como parece. Su brevedad es invitación, simplicidad, pero al mismo tiempo supone el peligro de resbalar sobre su laconismo, atravesarlos sin percibir la prodigalidad de su concentrado contenido. Estos textos, si son sustanciosos, llevan implícita la solicitud de una respuesta, de una réplica, de una variante. Porque un aforismo, secreta y secundariamente pretende – aunque casi nunca lo logre -, ser memorizado, extenderse más allá de su última letra, prolongando el instante receptivo, interpelando al lector, acompañándolo mientras se enfrenta a la vida. Pero su lectura, al ritmo de su concisión, finalmente concluye en un bello y efímero hallazgo del presente, como un conocimiento que se difumina en la irrefrenable sucesión de la vida. Quien vive atento al aforismo, cree en la fugacidad de lo prodigioso, en su aparente desconexión, y se resigna a ello. Escribir, editar, publicar, son graduales formas de defender la vigencia, el sentido, de lo felizmente acaecido en la mente.
Los textos de Ars fragminis tienen la virtud de no parecer forzados, de haber surgido espontáneamente de una ociosa actitud mental creativa. Y no quieren ser excluyentes, combativos. Parten de la perplejidad y de la asunción de pertenecer a un mundo difícil pero generoso en las posibilidades que ofrece. A veces, incluso, en su jovial sabiduría, se nutren del destello irónico, se sonríen de las bromas que parece que gaste una realidad probablemente desorientada, indecisa.
El objetivo del aforismo que practica Piñeiro no es comunicar, enseñar, fijar o servir de guía; su proyección es intrínseca: “el aforismo no sentencia, detecta un nódulo de la realidad”. Muy pocas veces recurre a la frase como acicate concreto: “hay que construir, idear, remontar la incesante inercia”. No hay propósito, ni incitación, ni deseo de exponer una preclara sabiduría. Hay atisbos, percepciones sutiles, constatación de paradojas que cuestionan seguridades rutinarias, juegos de sentido con los que componer las variantes del pensamiento.
Hay en estas frases mucho de reflexión sobre la naturaleza de su propio cometido. “El aforista disfruta del utillaje propio” o “El aforista es un minimalista de las conexiones”, “escribir es sondear, delimitar un territorio” o “escribir es no haberse ido, continuar con gallardía en la dilucidación de las cosas, confirmar el tipo de implicación que uno tiene con la vida.”
A veces son frases que podrían encajar, enriquecer un poema o una narración, pero a las que se les reconoce suficiente entidad para propugnarse solas: “pesados fragmentos de aliento”. A menudo se aproximan a la constatación concluyente: “Alcanzo intensidades que me abandonan” o “Eres tu llama”. Lo que cuentan estas frases es la historia íntima, desligada de las odiosas fricciones con la realidad, la absoluta aproximación al sentimiento, intelectualizándolo, recreándolo: “las horas vividas son estancias de mí”, “hoy eres indefinidamente tú”, “te amo, te destino a mí”. Toda percepción es maleable en palabras: “todos somos destinatarios de la riqueza del universo”, “el mundo es la versión que hagamos de él”; y toda vivencia mental, sin ninguna necesidad de atenerse a la realidad, como así pasa con las elucubraciones o con la consignación de unos interesantísimos sueños, que se asemejan a geniales películas tras las cuales “no aparecen los créditos”.
Aforismos como “hay inercias blandas”, “el silencio espumoso de la blancura de la nieve” o “dédalos de luz”, son un ejemplo de conversión de lo meditativo en imagen casi palpable, en sinestesias extremas. Son una forma de custodiar las chispas más luminosas. Se ahonda en ese paralelismo, en esa comunicación entre lo que se escribe y lo que se es: “la frecuencia de adjetivos o ritmos configura el tipo de mundo que a cada uno nos gusta”. Y hay una interpretación de la vida casi mística, que parte de la incerteza de existir: “¿qué hará Dios conmigo?”, “el absoluto es demasiado sencillo de enunciar”, “soy una parte infinitesimal –relativamente representativa – del suceso del universo”, “el milagro de una hora”, “en la alta madrugada del sábado, tras la eclosiones musicales y eróticas, necesito el misterio.”
Cada aforismo es un inesperado hallazgo del autor, tanto es así, tanta es su aparente ajenidad, que finalmente declara: “los aforismos no tienen autor”. Un aforismo sería una confluencia que se da en el ser receptivo, como si este fuera un médium de las sutiles configuraciones de la vida, un curioso de la íntima absorción de la cultura.
En cada aforismo hay una intensa concentración del gozo de la escritura, de su capacidad de redención: “escribo con placer la ruta de mis desazones”, de la magia de la palabra que sublima lo corriente: “disfrutar de un autor es disfrutar de su retórica”.
En su parte central, La arena del reloj, que se compone de extractos de sus diarios, hay meditaciones algo más extensas, referencias de libros. El objetivo se abre, se habla mucho de poesía, de filosofía. Hay crítica, cuestionamientos, deducciones. Hay más palabras, más esbozos conclusivos, más referencias a la realidad exterior.
Para Piñeiro, “el fragmento es un lujo de lo unitario”. Dejémosle continuar ahí, en esos lujos: “algunas tardes, las cosas adoptan un plácido aspecto milenario”, en esa posición que atrae las bellas querencias. Leer este Ars fragminis es arrimarse a la esencia de la literatura, guarecerse en ella de las inservibles fragmentaciones de la vida. Estos textos breves me suscitan la sed de viajes interiores, me sugieren la pernoctación en los cálidos recovecos de mis intuiciones, son pequeñas estancias de luz frente a los paisajes de lo excesivo.



Reseña en Nayagua  

(21/02/2015)

                                                                                                                               
                                                                                                                                     Paseantes hoy
Pepe Jesús Sánchez
Editorial Celesta, 2014
Pepe Jesús Sánchez, el paseante forense.
      Pepe Jesús Sánchez confiesa haber aleteado el éter en un sueño, bracear, como quien nada, hacia lo etéreo, ascender en aguas de aire, que no aguan ni ahogan, que sin agallas de pez se respiran, con la naturalidad —pero con la maravillada admiración— del cetáceo secreto que desde lo abisal alcanza el aire de la superficie del océano, del oleaje: desentrañando y a la vez entrañando, pero sin diferenciar, aguas y aires…  
     Ascenso, en cualquier caso, subida, camino hacia arriba, paseante Pepe Jesús Sánchez, su poesía, de caminos que llevan a los altos —olas de tierra—, a cumbres sobre lo somero.
    Aun bien de tierra y de sus polvos, el paseante remonta el costado arenoso de la hondo­nada y descubre, primero, el llano, luego, al frente, la altura.
     Remontar así el seno de la cárcava, la rambla en hueso, como quien surge, lazarino, del nicho a la luz. Percutir los pasos en la senda polvorienta que domina el yermo, que cruza un bosquecillo alfombrado de pinaza, que se conmueve en remolino terroso ante la brisa del alto, que lleva inevitablemente hacia el alto para mirar desde arriba. 
    El arte es una metáfora donde es posible vivir, dice Miguel Casado: el poema es una metá­fora donde es posible caminar.
    Errancia del cuerpo que es errancia de una respiración, de un espíritu, asimismo cuerpo, que, en versos de Pepe Jesús Sánchez, sin salir de su entraña imagina que pasea, que se ha visto pasar horas en la otra parte del espejo, en el azogue. 
    Se camina para llegar a, para encontrar, para encontrarse, ir al paisaje que se recorre y volver propio y paisaje, distinto e indistinto. Para, en la ruta acaso inmóvil, conocer, cono­cerse.
     El territorio está desnudo, el sol rae el sustrato calcáreo, de osamenta pétrea, y lo eleva blanco en aire blanco. 
    Y el caminante vuelve —¿de verdad vuelve?— desde el paso trabajado de sudores con las botas blanqueadas de ese polvo.
    Pasear como poemar, esa impostura del paso y el paseo. Quizás llegar… pero no llegar, casi seguro. 
    Cuánto y qué diverso y desde qué diversa unicidad, además, sale al paso. Pepe Jesús Sánchez es casi delibesiano en la precisión de la palabra de la tierra, en la admiración hecha verbo de quien conoce el territorio, o lo terreno, a fondo. Y sus partes. No hay adjetivo para tanto objeto, dice su verso: Pepe Jesús Sánchez hace a su paseante forense ir y ver el cadáver, allí donde, para Ausiàs March, pocs animals no clöen els palpebres pocos animales no cierran los párpados.
     Una buena mañana, Matsuo Basho se despereza y se da a la senda, camino hacia el interior, un país en lo profundo. De las tierras hondas no se regresa, por lo menos no incólume, o no se quiere volver o concluir, a pesar de los pesares: de viaje enfermo / mis sueños van vagando / por un erial 
    William Wordsworth, desde el verdísimo, y en su día recién apreciado, desierto lakista de Cumbria, norteño país de cumbres, erraba solitario como una nube / que flota arriba sobre valles y colinas… —I wandered lonely as a cloud / that floats on high o’er vales and hills… en el original inglés.
    Cuando, por breve tiempo, el paseante detenido otea desde una cúspide, se vuelve —si no lo ha sido siempre—, paisaje él mismo. Contempla y es contemplado, igualmente adver­tido e inadvertido, tan cima de la altura como El caminante sobre el mar de nubes del cuadro de Caspar David Friedrich. 
    Pepe Jesús Sánchez, como ellos, como otros, pasea, adelanta sus pasos, en poema.
    Gozosamente, lo tenemos regresado, aunque sea por un momento, de la caminata, aquí, en esta velada vigilante, valga la redundancia, para caminarnos sus versos, para versar pa­seos.  

     Francisco Agudo 


Reseña en Librario íntimo
(6/01/2015)
                                                                                                          por Rubén Castillo


El problema de los buenos libros de poesía es que, una vez leídos, no sabes qué escribir sobre ellos, porque el autor o autora, con la genialidad de su voz, ya ha superado estilística y emocionalmente cualquier comentario que tú, con la mejor de las intenciones, pudieras añadir a sus palabras. Los buenos poetas (ignoro si se ha dicho, pero es verdad) invalidan o calcinan a sus escoliastas. Ocurre con Vicente Aleixandre, ocurre con Luis Cernuda, ocurre con Quevedo: devoras sus obras y, cuando te planteas qué vas a poner en la reseña, te anonada la vaciedad (y la vacuidad) de tus frases, la torpeza de tus juicios, la más que posible miopía de sus apreciaciones. 
José Óscar López (Murcia, 1973) ha publicado en el sello Celesta un magnífico libro de versos que lleva por título Vigilia del asesino, y mi cuaderno de lectura se encuentra apelotonado de filamentos con los que, teóricamente, debería tejer esta reseña, pero me da la impresión de que no voy a hacerlo. Lo que sí sé seguro es que he subrayado en rojo bastantes líneas, donde el poeta nos habla de lucidez y de zozobra (“Mis ojos arden de todo aquello que he visto. / ¿Sabes qué he visto? He visto el mundo. / He visto el mundo y tengo miedo”); nos explica que toda tentación fugitiva está condenada al fracaso (“Cuanto más huyo, más / me hundo en mi propio lodazal”), porque supone una escisión tan dolorosa como imposible del yo (“Mientras me voy dejando atrás a mí / mismo, mi verdadera huida”); se permite sarcasmos que incorporan una brizna de humor (“Si hoy viviera Dante, / no dividiría el infierno en círculos sino en rotondas”); nos plantea ocultaciones que son en el fondo pudorosas revelaciones (“Tapo mi rostro para hacerme un nuevo rostro”); nos informa acerca de sus pensamientos vacilantes, que le impiden el sosiego (“Estoy confuso y sé que otro paseo / no va a solucionarlo. / Quedarme aquí, en mi habitación, / tampoco arrojaría resultados”); susurra ciertas oraciones de temblorosa inquietud (“Repito como un mantra: tengo miedo, / señor, de los creyentes, / porque poseen tu verdad / de forma más fehaciente / que tú mismo”); nos declara su verdad esencial (“Sigo soñando todavía, / no supe hacer nunca otra cosa”)... Y, sobre todo, nos pide que nos sumerjamos en sus versos, en sus adjetivos, en sus imágenes y en sus metáforas con ansia y con voluntad de entender, porque de lo contrario nos estaríamos perdiendo lo más importante del volumen (“Todo lo que se ve / y puede oírse, aquí, es desperdiciado / si no vas a apurarlo con codicia”).  
Vigilia del asesino es un excelente libro de poemas. Decirlo como crítico me parece pobre. Ponerle quinientas palabras técnicas para epatar a los lectores, también. Buscarle fuentes literarias en las que anclar sus vectores líricos, igual. Lo diré entonces solamente como lector: alegría de que existan libros así.

Enlace a página original: http://rubencastillo.blogspot.com.es/2015/01/vigilia-del-asesino.html
 

 Reseña en Avería de pollos

(8/09/2014)

por Alejandro Hermosilla


“Leí Vigilia del asesino escuchando The bitter pink de Los bichos y Badlands de Dirty Beaches, y pienso que hice bien. Porque Vigilia del asesino es furia y esquizofrenia y ruido. El retrato de un alma desorientada  y torturada desnudándose ante el lector y no tanto, creo yo, un viaje exterior (que también). Hay cientos de vibraciones y miradas múltiples reflejándose en un espejo que es destruido una y otra vez, conforme la voz poética se asoma y contornea y baila frente al lector. Libro-peonza, aullido perdido, distorsiona el lenguaje, hace que sus versos chirríen para crear una sinfonía lingüística muy parecida a la que consiguen ciertos grupos psicodélicos y psicóticos. Libro-drone, recorre los vericuetos del apocalíptico mundo moderno con aires de disco de post-rock y retortijones de vinilos de Suicide y Can. Removiendo conciencias, destrozando a trizas la realidad hasta conformar el retrato caleidoscópico y partido de una sombra -el yo poético- que rebuzna, cruje, mira y salta por todas partes sin dejar de estar ante todo en sí mismo. Espeluznado por su propia incapacidad. Atemorizado por un mundo que aprende a esquivar y desbrozar ante nuestros ojos pasando de víctima a asesino en un maremoto de versos que no se detienen ni ante la muerte. Desean matar a la dama de la guadaña y a la vida para construir un limbo en el que únicamente exista el tiempo de los artistas. El tiempo de los asesinos. Ese muro en que todos los mundos son destrozados y la  tensión, la frustración y la corrosión se escuchan  y experimentan  muchos años antes de que aparezcan”.
Enlace a página original: http://averiadepollos.blogspot.mx/2014/09/tres-domingos.html

Reseña en empireuma

(2/09/2014)
por José María Piñeiro

RAFAEL GONZÁLEZ SERRANO - FRAGMENTOS DE LA LLAMA
 

Difícilmente puede uno distanciarse de la experiencia propia para juzgarla desde un más allá de su sensibilidad inmediata.  Sólo la escritura permite este trascender y dar testimonio a un tiempo, y es en este ámbito donde toda estrategia para producir esa confesión se legitima y en donde, por ello mismo,  todo se hace signo explícito de maniobras: emborronar autorías,  confundir recorridos, multiplicar ilusoriamente los términos de tal vivencia, confirmar la intensidad que se ha vivido, que nos ha transformado y que, para nuestro desconcierto, ya no está.  Algo de esta operación sutil se produce en Fragmentos de la llama, donde poemas y textos de los poemas, valga esta distinción finalmente indistinta, se intercambian posicionamientos e interpretaciones. 
Efectivamente. El texto es un camuflaje donde vehicular discursos y parlamentos, ubicar tanto la experiencia dolorosa como la pletórica. Rafael González no juega a crear meramente un apócrifo: el acto de distanciamiento sobre su propio testimonio poético que evidencia al final del poemario es un acto positivo: nos dice que el amor se produjo, al tiempo que alerta que todo lo consignado en los poemas es sólo literatura, como diría el clásico. Si el poeta se inclina por esta vía, por la de contemplar sus experiencias como casi anónimas, quizá sea porque no hay otro modo de representar tales experiencias en el vértigo de los devenires; porque siendo la experiencia erótica una de las más intensas que pueda registrar la persona, tal intensidad la convierta tanto en algo indescriptible como en certera materia de poesía y literatura. Por otro lado,  la discreción personal queda de este modo, justificada. Ni hay cita de nombres propios ni de lugares reales, es decir, reconocibles por el lector, que hagan demasiado evidentes los trazos biográficos. La imagen precisamente labrada vela un yo indiscutible pero esquivo que no es sino apuntalamiento de una experiencia real: la que manifiestan los poemas. El juego interno de espejos, continúa.  
Fragmentos de la llama es un poemario erótico de autoría no confusa sino convergente: los poemas nos revelan el itinerario de una voz, que finalmente repliega su aventura como sueño o éxtasis secreto. Lo que ocurre es que el amante que escribe no quiere ser abiertamente localizado.
El acto amoroso es un acto sacral y como tal se celebra. Por otro lado, se reivindica la inocencia de los amantes, sin evitar la significación entrañable de la fusión de los instintos: y el animal del tiempo/bebe del útero de miel.
El poema final del libro es una suerte de código que nos remite al carácter puramente textual de la confesión erótica, lo que no significa, como hemos dicho, que esta no se haya producido.
Fragmentos de un discurso abierto escribe el poeta, (“fragmentos de un discurso amoroso”, escribiríamos nosotros, revelando el referente barthesiano de este poema o de toda su poética); discurso semiótico, dice el poeta donde pareciera hallarse una tautología, pero que sabemos imagen intencionada por las causas que hemos expuesto.
En Fragmentos de la llama encontramos una celebración neta de la unión erótica, en la que a través de una utilización heterodoxa de la métrica, fluyen imágenes precisas y barrocas de la pasión, pero que si el poeta acaba por contemplar con cierto distanciamiento, quizá no sea debido sino a que la intensidad lleva como ineludible hermana circunstancial la fugacidad de tal intensidad. Aquí, cierta extrañeza, a pesar de todos los furores, no deja de aflorar. 
Escribe Rafael González: Qué piedad podemos pedir/a los verbos que conjugan en pasado;/qué magma de arterias/a las semillas que nunca germinaron,/sometidas a la intemperie de una sed sin manantial.    
Nos lloverán todas las crisis imaginables, pero sigue siendo en la poesía donde encontraremos un modo memorable de referir el caos y el vértigo del vivir, confirmando que nuestra riqueza más segura se encuentra en estos confines del decir.

Enlace a página original: http://empireuma.blogspot.com.es/2014/09/fragmentos-de-la-llama.HTML

 

Reseña y entrevista en Palabras indiscretas

(Junio de 2014)






  Reseña en El coloquio de los perros

 (12/04/2014)
José Óscar lópez. Vigilia del asesino
(Celesta, Madrid, 2014)
por DIEGO SÁNCHEZ AGUILAR 

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¿Se puede escribir un canto épico sobre nuestra sociedad occidental contemporánea, postcapitalista, postindustrial, post-postmoderna? ¿Se puede crear un héroe que a lo largo de las noventa páginas del poemario, conduciendo a 250 por hora, escuchando a Primal Scream, va viendo todas las cosas que nos definen, sin entender nada, en un estado de fascinación esquizofrénica, como si sobre su parabrisas pasara en scroll toda la realidad que somos o fingimos ser? ¿Puede hacerse que este héroe épico sea un asesino, un viajero insomne, Caín, y todos nosotros cuando no podemos dormir? ¿Y, además, se puede poner al lector al filo de un acantilado con los pies sobre el ser de nuestra identidad y nuestra época y, al mismo tiempo, los ojos en el abismo donde desaparecerá y sobre el que ha sido creado?

(Advertencia: no lo intenten en casa. Este poemario ha sido escrito por un especialista, José Óscar López, en circuito cerrado. Abróchense los cinturones, disfruten el viaje.)

Vigilia del asesino, el último poemario de José Óscar López, es una aventura lírica monumental, arriesgada, excesiva y grandiosa. La contraportada define el libro como «letanía insomne, road movie en verso, largo poema épico y alucinado». De estas tres definiciones es la última, la relativa a la épica, la que más me interesa y en la que creo que reside la esencia y el valor de esta obra.

Todo poema épico refleja, a través de su héroe, de su protagonista, los valores de su tiempo, su cultura, su sociedad. José Óscar López, se ha atrevido, nada menos, que a cantar el ser de nuestra época, de nuestra sociedad occidental postindustrial del siglo XXI.

¿Quién es el héroe, entonces, de esta epopeya postmoderna? Todo el libro se sostiene por una voz, por un yo que se va (des)dibujando de forma acelerada y esquizoide a lo largo de los versos. No es un personaje definido, estable. No tiene una personalidad, un trabajo, una nacionalidad, no tiene siquiera un nombre. Es una voz que viaja en coche, en avión, que se mueve a toda velocidad, que no duerme, que no deja de ver cosas. Es un visionario, en el sentido etimológico del término: ve, es atravesado, saturado, bombardeado y emborrachado por imágenes. Así empieza el poema I:

Estuve en Singapur, ciudad de rascacielos futuristas / y ganchos carniceros. // Vi mis mascotas preferidas / colgar, en mis paseos. // Vi atardeceres radiactivos. // Y vi a los hombres caminando como zombis / hacia lugares más allá de donde yo podía ver, / con sus costumbres más allá / de toda comprensión. // Demasiado borracho / para sacar ninguna conclusión, / he regresado al dormitorio. // Aviones, dormitorios.

Así conocemos a este héroe, así conocemos la esencia de nuestro habitar este mundo. Visionario que no deja de ver cosas y que no es capaz de entender ninguna, siempre toda imagen más allá de toda comprensión. Ebriedad y movimiento perpetuo, desaparición del pensamiento estructurado, de las conclusiones estables para entendernos como sociedad; presente continuo de la fascinación y la imagen sin historia, sin lenguaje: aquí, siempre en el hoy: un presente continuo (…)

Viajo, vivo en el movimiento, / en mi flamante coche nuevo, un automóvil / mental. // Si me detengo, moriré.

Este personaje-voz-conciencia que ha creado José Óscar. Este asesino insomne y viajero, es el héroe que, dentro de toda su extrañeza lírica, refleja las transformaciones más profundas que se han operado en nuestra identidad dentro de las sociedades capitalistas occidentales. En cierto modo, el héroe épico de esta obra, al menos una de sus máscaras, que son muchas, responde perfectamente (incluso en el uso imaginario del lenguaje) al análisis que César Rendueles hizo sobre esta cuestión en Sociofobia:

La modernidad líquida es un entorno extremadamente hostil para quienes aspiran a desarrollar una identidad sólida, una subjetividad continua basada en una narrativa teleológica. El triunfador del turbocapitalismo es profundamente adaptativo: tiene distintos yoes, diversas personalidades familiares, ideológicas o laborales. (…) se ha producido una transformación radical de la identidad personal, es decir, del modo en que nos entendemos a nosotros mismos. Se supone que ya no nos pensamos como un continuo coherente vinculado a un entorno físico y social más o menos permanente. Nos vemos como una concatenación incoherente de vivencias heterogéneas, relaciones sentimentales esporádicas, trabajos incongruentes, lugares de residencia cambiantes, valores en conflicto…


El héroe no deja de mutar, de ver, de reflejarse para que nos veamos en él. Hago referencia al título del libro de Rendueles: Sociofobia. Y al único “oficio” conocido del héroe épico de este canto: asesino. Una característica esencial del personaje es la soledad, que tan bien define nuestra esencia (a)social hoy día: soledad, indiferencia, intercambiabilidad de las personas, las amantes, objetualización del otro, que es ignorado o consumido:

Porque ya no soy nadie, me avergüenzo / de lo que fui, lo que seré, / de la falta de amor con la que desdeñé / ser alguien, ser cualquiera. // Al fin soy nadie, no te amo y destruiré / a aquellos que amenacen / mi sagrada carencia de emoción, / mi impasibilidad sangrienta y mística.

Entonces, a la pregunta inicial, ¿quién es el héroe?, la respuesta ha sido ya dada, vía negativa. El héroe no es nadie, porque no es posible la identidad tradicional que nos define. Ser nadie o ser todos. La indiferencia como tesoro sagrado, aquel que permite seguir viajando, que no frena la velocidad del viaje y las visiones. Esa es nuestra épica, este es nuestro héroe:

Porque he logrado ser todos, /cualquier hombre, con la llegada / de una sagrada indiferencia: // otra forma de amor, /más vasta y duradera

Pero no solo hemos de preguntarnos por el héroe para entender y disfrutar de este glorioso canto épico. Otra cuestión fundamental es la espacial, histórica, nacional. Es decir, la épica nace siempre ligada a un país, a una nación, generalmente a mayor gloria de la misma. Ya hemos visto que los primeros versos sitúan al héroe en Singapur; pero dos versos después está en Bangkok; diez versos más tarde, en Australia; en otro poema encontramos una ambientación plenamente norteamericana, propia del cine negro, atraído al poema por el tema del asesino; también hay un poema dedicado a La Manga; y veremos bloques de edificios, ciudades sin nombre, muchas ciudades, centros comerciales, muchos centros comerciales, a veces, épicamente convertidos en titanes, en verdaderos dioses en los que reposa lo más sagrado de nuestra civilización (Soñé con un titán y era un sueño magnífico, / su cuerpo era diez centros comerciales: / tendido sobre un vasto páramo, dormía.). Tenemos, en definitiva, una paradoja respecto a la épica, cuya explicación nos ofrece también otra clave de ese ser de nuestra realidad que José Óscar revela a la perfección. Si no hay identidad, tampoco hay Nación, ni hay Estado. Las nacionalidades ya no significan nada, como no lo hace la Historia ni los héroes a ellas asociadas, que contribuyeron a su forja. El viaje de un ser fantasmal e indiferente no acepta un país al que pertenecer, más allá de su propia mirada transparente. Nuestro mundo globalizado aparece en estos versos poetizado de una manera entre indiferente, fascinada, apocalíptica y visionaria. El no-lugar es la nación del asesino. La Manga del Mar Menor, Venecia del futuro. El centro comercial. Sitios de paso, en los que no se reside, rodeados por el mar, acechados por el mar, edificios abandonados por la crisis, también fantasmales, deshabitados, sin alma o sin identidad como el héroe.

José Daniel Espejo escribía hace poco un artículo, en el que citaba el libro de relatos de José Óscar López, Los monos insomnes, como otro ejemplo más de la descentralización de las ficciones contemporáneas que abandonan los escenarios centralizados, las grandes capitales, para ubicarse en la periferia:

En algún sentido, somos como Atila, donde pisamos, lo que brota es el no-lugar. El escenario intercambiable. El sitio sin atributos.

Así es también el espacio que recorre nuestro héroe: hecho de grandes periferias geográficas como el sudeste asiático o de pequeñas y cotidianas periferias urbanas: La Manga, las urbanizaciones abandonadas a las afueras de las ciudades, las promociones en ruinas sin venderse…

Un héroe sin identidad recorre un espacio sin nombre, al que uno no puede vincularse, un no-lugar, un centro comercial, una autopista. El sitio sin atributos.

Es inevitable comparar, en este, y en otros muchos sentidos, la épica de Vigila del asesino con ese otro canto épico de la poesía moderna como es el Canto a mí mismo de Walt Whitman. No solo arroja luz sobre el género de una épica lírica, no narrativa, que cultiva aquí José Óscar López, sino que nos hace comprender, por oposición, el mundo épico de este libro. Es un viaje no tan largo en el tiempo, pero sí en el ser de una y otra época. En Canto a mí mismo tenemos una épica basada en la afirmación de identidad, en el amor casi místico a la naturaleza, al trabajo, y al hermano trabajador. Tenemos, en definitiva, un yo, un héroe que se define desde el amor, el socialismo o la solidaridad, la ecología, la fraternidad y, por supuesto, la nación, América. Ciento cincuenta años después tenemos a este héroe que también se canta a sí mismo, pero lo hace desde la ausencia de identidad, desde la indiferencia, desde la ciudad intercambiable, el centro comercial. ¿Qué ha pasado en este intervalo para que pueda escribirse hoy una épica como la de Vigilia del asesino? No será nuestro héroe, desde luego, quien responda a esa pregunta: demasiadas visiones, demasiada velocidad y demasiado presente se lo impedirán.


Es esta que canta José Óscar López una sociedad líquida, como definió Bauman a las sociedades occidentales capitalistas en las que el Estado desaparece ante el Capital y la Multinacional triunfa sobre la nación y el individuo debe ser adaptable, rápido, indiferente y sin arraigos éticos, políticos, afectivos. Una sociedad de sujetos líquidos y de objetos plásticos:

Mi pensamiento es líquido, / dibuja círculos, /evita los pantanos.
Pienso en bolsas de plástico. / Recuerdo a mis amantes
Pienso en el plástico y mi fácil convivencia / con su entidad flexible
Porque amo el plástico, el vinilo, / la vida que reside, con su complejidad, /brillante e inservible, en ese tiempo opaco / que brilla cuando quiere el usuario.

Una sociedad en que la velocidad, el movimiento y el cambio, la indefinición de la identidad, privilegian la juventud como el ser supremo del sujeto-usuario-consumidor. La juventud como única identidad significativa en el escaparate del centro comercial, como decía Debord, en su Sociedad del espectáculo. La juventud manda y tiraniza nuestra manera de vernos: madurar es petrificarse en una identidad, un trabajo, una pareja, una vivienda. Hay que ser joven, es decir, líquido, ligero, rápido, cambiante, con movilidad laboral y sentimental total:

Borrachos de nosotros mismos, / de nuestra juventud; / sumidos en visiones camino del lavabo, / en visiones magníficas / donde somos nosotros los primeros / en arder.

Envejecer es el gran pecado, lo que te convierte en ridículo, en fuera de lugar. No hay viejos en los centros comerciales. Son una extrañeza, una incongruencia:

Envejezco, eso es todo, y los colores y las luces / de burgers y avenidas, de ferias y de centros comerciales / se ríen cuando paso, me señalan y dicen: / Míralo, / es otro idiota más, y como todos /envejece.

Pero hay mucho más que sociología en Vigilia del asesino. Todo lo anterior sirve para entender solamente una parte de este enorme poemario. Esa voz épico-lírica que nos lleva en su ritmo frenético y alucinado no es un solo un retrato del ser de nuestro tiempo y nuestra civilización. José Óscar también se atreve, como todo gran poeta, a seguir bajando, a poner todo ese aparato sociológico frente al negro espejo de lo que no es, de lo que puede ser, de ese enorme abismo del que entran y salen las civilizaciones, las formas de ser y entender la realidad, las palabras.

Como ocurre en La Manga, en Bangkok, en Singapur, hay una precaria solidez (urbanística, identitaria, periférica) que tiene que lidiar con El Gran Líquido. No ya ese pensamiento líquido que nos define ahora mismo, sino el Mar entrando en las ciudades: ciudades de canales, como Bangkok; ciudades ganadas al mar con toneladas de dinero imaginario y arena real, como Singapur; ciudades que perecerán anegadas por el Mediterráneo como La Manga, Venecia del futuro.

El Mar, la Oscuridad. Siempre bordea el héroe esos dos abismos. Sus débiles, indiferentes y fragmentarias afirmaciones identitarias bordean un espacio del no-ser que parece (deseablemente) inevitable en la poesía desde, al menos, Mallarmé.

Así, el héroe se debate entre esa disyuntiva que Heidegger explicó con su hoy detestada jerga. Decía el filósofo que la esencia de nuestra civilización técnica y tecnológica se basaba en varios elementos, algunos de ellos muy presentes en esta odisea criminal en la que nos embarca José Óscar López. (Atención filósofos, a continuación encontrarán mutiladores, jiferos y groseros resúmenes/simplificaciones de Heidegger a los que me veo obligado por cuestiones de espacio).

Uno de ellos era que, según el alemán, habíamos confundido el ser con el ente, por medio de un olvido del ser (es decir, el olvido del origen misterioso que reside en cada manifestación de la realidad tal y como la conocemos y que reside en la capacidad del lenguaje de significar todo). De esta manera, la esencia de la sociedad industrial y de cumplimiento total de la metafísica, era la ausencia de misterio, la transparencia absoluta en nuestra manera de conocer-confundir las cosas con el ser de las cosas. Nuestro héroe se mueve entre el olvido y el no-olvido de ese ser. Como buen héroe épico que representa su sociedad, puede afirmar cosas como la siguiente: Asumo esta total ausencia de misterio / en mi interior —soy transparente como un cielo /rabioso y líquido, dispuesto a derrumbarse.


Además, esa comprensión de la realidad en la que estamos inmersos por nuestro lenguaje, llevaba también a una negación de la otredad del objeto, a considerar el ser de las cosas como el uso que hacemos de ellas, negando así todo misterio y reduciendo la otredad de los objetos al dominio aplastante, negador, asesino, del sujeto-usuario.

Nuestro héroe también cumple con esa definición del ser de nuestra época heideggeriano: mundo de objetos de plástico, mundo de sujetos-usuarios, canto épico en el que el héroe es un asesino (Recordemos cómo Baudrillard llamó a este proceso de dominación y anulación del misterio y otredad de las cosas a través del sujeto-usuario: El crimen perfecto) que niega toda otredad, que la consume, la usa.

Incluso la Gran Otredad, la muerte, es una incongruencia para un sujeto que lo domina todo y no acepta nada fuera de sí mismo, de su voluntad y su poder sobre el mundo. José Óscar hace que el héroe torne la velocidad de su viaje en suicidio, en decisión de dominar también la muerte, negar el poder de esa otredad máxima que es la muerte a través del suicidio:

Acelero despacio pero firme, / furioso, muy seguro / de mi propia teoría, / la relativa condición / de mi ley, más allá / de los doscientos veinte / kilómetros por hora. // Atrás quedan los días y las horas / -minuto tras minuto, segundo tras segundo-/ en que la muerte conspiraba lenta / contra mí, sin contar conmigo, ajena / a la furiosa voluntad con la que piso / el acelerador.

Pero como poeta (y era en la poesía donde, según Heidegger, ese olvido no sucedía, de ahí su predilección por el lenguaje poético), como voz que se mueve en un no-espacio poético, las imágenes de la Oscuridad, de la posibilidad infinita, aparecen también una y otra vez negando la estabilidad de esta manera de ser. Se asoma nuestro héroe con frecuencia a ese espacio misterioso y límite total del hombre, en el cual se quiere una comprensión de las cosas sin sujeto, sin subjetividad, manteniéndose en el paradójico e inhóspito lugar (el bosque del poema III) donde no se da ese olvido del ser: 

Mi cuerpo es una casa y no me pertenece. / Un hogar transitorio / para citarnos con la noche / tú y yo / de forma duradera. // Hoguera de la mente, estoy quemando mis recuerdos / y vivo en esa luz que produce la combustión / de mis recuerdos. Es un fuego / que nunca va a agotarse.

En ese espacio místico de oscuridad, sombra y bosque, donde la luz lo llama y es él al mismo tiempo, la sombra aparece como primigenia; el no ser aparece como origen del ser: Sólo sé que la sombra / es dueña de la sombra y de la luz.

Pero la conclusión es la imposibilidad de la conciencia de objetivarse. El sujeto ha de ser luz, conciencia que ilumina el mundo, pero no puede conocerse a sí mismo como sujeto: esa es la paradoja de la luz y del ángel. La luz que lo llama pero que no puede conocer porque la luz es él mismo, es el reflejo que él emite, el sujeto ilumina toda la realidad con su luz, pero no puede conocer el origen de esa luz porque siempre ha sido ya: No puedo ver la luz, y me limito / a ser la luz / servil que te ilumina. // Tu luz.

Al final del libro, al final del insomnio, el tema del Apocalipsis va dominando el tono épico. La desaparición de La Manga, engullida por el mar sin significado, el deseo de suicidio del héroe, todo va empujando a un deseo de escapar de la realidad que se nos ha dado a comprender y a habitar, un deseo de detener esa velocidad de los objetos y del sujeto que los mira y que no puede pararse, un deseo de dormir y hacer que cese el insomnio. Un deseo de Apocalipsis y de Resurrección; de aparición (desde la oscuridad y la destrucción sin nombre, natural, no plástica, misteriosa) de un una nueva realidad. Así, una de las últimas definiciones del yo, del héroe, se carga de esos significados oscuros que quieren escapar de todas las formas anteriores, de las formas plásticas y definidas. Las imágenes de misterio y final, de lo que hay detrás, del viento, de furia, de lo que no ha empezado todavía y, sobre todo, ese heideggeriano olvido del fin cuando termina todo nos lleva hacia esa interpretación liberadora: abrir la puerta, abrir la posibilidad de una nueva vida, un nuevo ser para las cosas, una Resurrección. Con estos versos, y con la recomendación entusiasta de la lectura de Vigilia del asesino, me gustaría terminar:

Soy el viento que azota los paseos marítimos, / el monstruo que se agita en alta mar; / rehén en todas las ventanas abiertas al océano / porque soy furia, la marea que se eleva / en la consciencia trágica de un siglo / que acaba de empezar / cuando el siglo anterior aún no está saldado. / Soy la continuidad de un tiempo / que no ha empezado todavía, / el animal que sobrevive en todos los naufragios, / el olvido del fin cuando termina todo aquello / que ves a cada instante. // Soy tu sangre y también ese veneno / que devora tu sangre. // Soy tu padre, tu madre, tu hermano y tu asesino, / tu custodio. // Soy el fin de tus días y quien te abre la puerta, / quien te franquea los senderos de la resurrección.

Enlace a página original: http://elcoloquiodelosperros.weebly.com/1/post/2014/04/jos-scar-lpez1.html

 

Reseña en Poemas de una muerta viviente

No nos engañemos; los poemas de Pablo Miravet requieren una lectura (e incluso una relectura) atenta y concentrada. Exigen un tipo de lector dispuesto a colaborar, a reflexionar, a detenerse, requerimientos que hoy en día, en una sociedad cada vez más adormecida y perezosa, no son precisamente los que triunfan.
Pero tras el esfuerzo –que deberíamos empezar a recuperar como algo positivo y enriquecedor– encontramos gratas recompensas como estas:
El envidiable manejo que Miravet hace del lenguaje, preciso y meditado al milímetro. Es difícil encontrar una palabra que no esté justificada y esa exactitud confiere a los poemas un gran poder expresivo y evocador.
Son además poemas que proponen ideas, enfoques novedosos donde hay una visión del mundo lúcida y muy personal y, sin embargo, no resultan sentenciosos, tienen la suficiente apertura como para dejar que el lector elabore sus propias interpretaciones. Esto le otorga al libro una virtud importante, es de esos textos que parecen inagotables.
Incluso el ritmo, que al principio puede resultar chocante y algo áspero, consigue que el autor no caiga en una música complaciente y repetitiva. Miravet se lo pone difícil a sí mismo y huye de los caminos transitados y cómodos. Busca el ritmo propio y natural para sus versos únicos y también en esto demuestra una honestidad y un compromiso con la escritura admirables.
Hay un cambio importante a partir del poema Hombre pequeño (uno de mis favoritos), de pronto, parece que escribe un autor diferente, más cercano e íntimo, de pronto aparece un yo bastante tímido y disimulado, menos intelectual aunque no por ello menos inquisitivo y brillante.
Hay imágenes muy potentes y originales que acaban conformando un mundo reconocible y particular: sobremesas, cafés, cigarros, playas, ciudades, tráfico, papeles, autores y libros…
Recorre el libro una constante sensación de derrota o desencanto del mundo, del ser humano pero que no llega a caer en la autocomplacencia porque también está salpicado de destellos de amor (o de deseo de amor y reconciliación) con las cosas, los seres cotidianos. También a veces son la ironía y la autocrítica las que evitan ese escollo.
Esa distancia intelectual no se siente como la voz de alguien que juzga y se eleva por encima de lo que observa sino como la de alguien sensible, sabio, de una altura moral demasiado (auto)exigente para una realidad cada vez más “vergonzosa”. Hay mucho dolor escondido en esos versos como para que se produzca el desapego que cabría esperar de un pedante que simplemente despotrica contra el mundo.
En conclusión y para no alargarme demasiado: un libro deslumbrante y difícil en el mejor sentido de la palabra. Una verdadero diamante en bruto en un mercado cada vez más vacío de contenidos, un poemario que nos redime también como lectores.
Vacancias, Pablo Miravet,
Madrid, Editorial Celesta (Colección Piel de sal), 2014
Enlace a reseña original: http://zombiedelasletras.blogspot.com.es/2014/04/vacancias-de-pablo-miravet.html

Reseña en Letras y otras orillas

VIGILIA DEL ASESINO
JOSÉ ÓSCAR LÓPEZ

 

   Las dos últimas obras de José Óscar López se empeñan en demostrarnos que los seres que se resisten a dormir tienen algo que contarnos. Los monos insomnes es un  libro de relatos en el que hay literalmente homínidos que se despiertan en la madrugada para fraguar sus insólitas peripecias;  y ahora este último poema en el que un asesino desvelado, probablemente José Óscar, es, eso espero, una metáfora de ese homicida insomne que recorre el universo, desposeído de voluntad, en busca de un sueño que le otorgue la llave celestial a su ‘nuevo mundo’.
   El narrador, el aedo, trasmutado simbólica y simbióticamente en un flâneur posmoderno, cruza las ciudades y el tiempo en su poética ensangrentada y espasmódica. Las urbes de este asesino insomne son limítrofes con la demencia, la obsesión; están pavimentadas de delirio y de un raro y bello lirismo. Si Dante hubiese vivido en este siglo hubiese dividido el infierno, nos avisa López, no en círculos sino en rotondas. También es posible que si Homero hubiese nacido en nuestro tiempo habría tratado de consignar su mundo a través de una odisea pesadillesca y laberíntica, repleta de hallazgos visuales y la exacerbada plasticidad que hallamos  en este Vigilia.
   Un poema-río-volcán-carretera-laberinto que nos disloca pero a la vez, lentamente, nos va dando las claves para hallar un destino. Oscuro, enigmático y paranoico por momentos; pero también, lúcido, vital y esclarecedor.  Giros poéticos que nos trasladan de la vigilia al sueño, un sueño del que el narrador habrá de despertar para afrontar su propia realidad.
   Infiernos cotidianos, lisérgicos, oníricos. Posmodernidad recién inventada y original pero que nos recuerda algunas imágenes de Foster Wallace,  impactantes escenarios del subconsciente cercanos a Cărtărescu o fogonazos distorsionantes de un film de David Lynch.
   La lectura de este poema urbano, fabricado de versos, asfaltos e intuiciones convierte nuestro mundo en un lugar inhóspito. Un desasosiego postnuclear parece acecharnos y a cada verso nos sentimos transportados por los vericuetos extraños de un cosmos enloquecido. Tan enloquecido e hiperbólico, tan irreal y distorsionado que cualquiera que se aventure en él, constatará que está fabricado de las cenizas y el plástico de nuestras más inquietantes pesadillas.

Presentación del poemario en el Museo Ramón Gaya. De izquierda a derecha: Rafael González, J.O. López e Isabelle García








   Hay movimiento en la obra de José Óscar. En sus relatos, a través de mundos deshabitados,  ciudades distópicas, galaxias inciertas o limbos. En Vigilia del asesino, el viaje que vertebra sus 21 ‘arcanos’, no nos engañemos, es interno. Es un trayecto de ida al infierno de cada lector.
Un libro en el que es fácil entrar pero del que un desprevenido caminante difícilmente encontrará la puerta de salida.
 

Reseña en Ababol  

suplemento de La Verdad (22/03/2014)



Reseña en Nueva Alcarria



Reseña en Acantilados de papel

 El sonambulista, de José Miguel Urbano Andrés. Editorial Celesta (Reseña nº 583)
«El sonambulista» supone el primer poemario de José Miguel Urbano Andrés (Madrid, 1974) pero no su primera publicación, puesto que parte de su obra ya había sido incluida en las dos entregas de la antología Manos a la obra y Libertad tras las rejas; además de la plaquette «Presagios» y la revista DePaso. De la mano de editorial Celesta nos encontramos ahora con este libro, de título tan evocador como certero en relación al contenido, que supone un salto cualitativo para su autor.
Vamos a descubrir una poética de la imagen, primordialmente expresionista, profunda y figurativa, donde el lenguaje va suponer un elemento de ruptura con la realidad y el referente explícito para comprender la existencia, pero también el vehículo de  un lirismo profundo que navega relacionándose con un entorno repleto de referencias culturales personales y contemporáneas que transitan desde las citas eruditas, la literatura, el cine, la música de jazz y, sobre todo, el viaje.
Precisamente el autor, viajero incansable, nos invita a un periplo por el alma (la suya, y con ella, un reflejo de todas) porque cualquier peregrinación a tierra extraña también supone un examen de interior. Retorna el caminante transformado, distinto y nunca el mismo, ya que implica y refleja la metáfora definitiva de la vida y la epistemología de  la misma.
En «El sonambulista» oscilaremos por un tránsito onírico que parte de la reflexión incómoda, de un momento en el que «cansado de acumular afectos cobardes en el bisturí», el poeta se irá probando en su lírica e incluso contra ella, demostrando capacidad técnica, soltura y autoexigencia humilde en composiciones como un centón, ese poema cuyos versos están formados por otros versos de poetas ajenos, que el autor reordena y recompone con un espíritu propio. Un verdadero salto al vacío (que también de título a una de las composiciones más lúcidas) que, con una heterogeneidad en las piezas en búsqueda de la voz definitiva, consigue en todo su libro un canto a un tema común: la desubicación en todos los aspectos.
Resulta, no obstante, un planteamiento alejado de miradas desgarradoras o lastimeras, sino impregnado de ironía y sed de conocimiento, de «obsesiones que engrosan el muro». También de autocrítica. El autor termina enfundándose el traje de un hombre inquieto, que no quiere «ser inquilino en la propia vida», que desea irse para poder volver y desembocar en una lírica del yo diferente, quizá más sencilla pero no simple ni menos intimista; una paz interior tras la puerta que siempre inquieta abrir pero, una vez decididos a tirar del pomo, nos otorga cierta serenidad en cada paso humilde, un regreso consciente de este «paseo de trágico somambulista» que «viaja para echar de menos Madrid» y, en ocasiones, afirma no estar «ni para sí mismo».
Como objeto, el libro está cuidado, bien editado, papel grueso, cubierta con solapas, satinada, sobria, gris azulón con cenefa minimalista. Letra clara, sin erratas apreciables. Un buen trabajo de Celesta. Prologa el escritor Jesús Urceloy en una declaración cariñosa y emotiva no exenta de rigor.
Un buen libro de una voz emergente a tener en cuenta.

Fernando López Guisado

El cultural

Otras voces
AINHOA SÁENZ DE ZAITEGUI | 13/09/2013 |
En vista de la vida, odiarlo todo es un valor seguro. Pero lo grande está en el riesgo. Diario de improvisaciones (Celesta, 2013) cuestiona sin nihilismo: José Luis Nieto Aranda es “un hombre de pequeñas resistencias” que llama a la construcción del individuo y destruye las identidades gratuitas. De “todos caminamos bajo ese cielo plateado, como lobos envejecidos por la soledad” permanecen la ferocidad y el cielo, no la derrota. 
Enlace a reseña original:http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/33289/Otras_voces                             
 Revista Leer: Julio/Agosto de 2011

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